Este artículo fue publicado originalmente en 2021. Última actualización: 2026.

En su novela Las intermitencias de la muerte, José Saramago imagina un país sin nombre en el que, de un día para otro, la gente deja de morir. Al alivio y las celebraciones les sigue el caos: colapsan los hospitales, las aseguradoras, la Iglesia, el Estado. La inmortalidad, que parecía un milagro, resulta verdaderamente problemática no solo a nivel práctico, sino existencial. Tanto esta novela como la filosofía y la ciencia han explorado el rol de la muerte en la vida. ¿Sería nuestra felicidad tan ingenua y pasajera si mañana descubriéramos que la muerte ya no existe?

La investigación en psicología sugiere que la conciencia de la muerte puede reorientar cómo vivimos. Tal vez la finitud no es solo el precio de poder vivir, sino parte de lo que vuelve la vida habitable. Algo parecido sucede con situaciones adversas como el fracaso o el sufrimiento: no nos gustan ni las buscamos, pero de cierta forma dan valor a sus antónimos. Un logro que no costó nada no se siente como logro. ¿Y una vida que no termina?

El antropólogo Ernest Becker sostuvo que gran parte de lo que construimos (la cultura, el legado, la autoestima) es un esfuerzo por no mirar de frente nuestra propia desaparición. Los psicólogos Greenberg, Solomon y Pyszczynski convirtieron esta idea en un programa de investigación en 1986: la teoría del manejo del terror. Cientos de estudios muestran que, cuando se nos recuerda que existe la muerte, nos aferramos con más fuerza a nuestra visión del mundo. Este reflejo, sin embargo, tiende a volvernos más rígidos, defensivos y hostiles con quienes piensan diferente. Por otro lado, una revisión de Vail et al. (2012) reunió evidencia más esperanzadora de la misma teoría: bajo ciertas condiciones, saber que vamos a morir nos motiva a cuidar nuestra salud, priorizar metas de crecimiento, estrechar vínculos y comportarnos de forma más generosa. En definitiva, si bien la muerte es parte de la vida, no dicta una sola reacción. Puede sobrecogernos u orientarnos.

Pero si no hubiese muerte, ¿por fin disfrutaríamos la vida? La psicóloga de Stanford Laura Carstensen sugiere, a través de su teoría de la selectividad socioemocional, que nuestras prioridades dependen menos de la edad que de nuestra percepción del tiempo que tenemos por delante. Cuando este horizonte temporal se siente amplio, acumulamos información, contactos, experiencias para un futuro que suponemos vasto. Cuando se siente corto, en cambio, dejamos de acumular y empezamos a elegir, casi siempre vínculos y sentido por encima de cantidad. Y no solo es cuestión de envejecer, pues cuando a personas jóvenes se les pide imaginar un horizonte más limitado, eligen igual que los mayores. La finitud, entonces, no nos hace felices, pero es capaz de reordenar lo que consideramos digno de nuestro tiempo. Y esto es precisamente lo que el país de Saramago pierde. Sin un final, nada pide ser elegido hoy. Todo puede esperar al eterno mañana.

Hablar de muerte y destino me recuerda a una antigua fábula en la que un sirviente se encuentra con la Muerte en el mercado de Bagdad y cree ver en ella un gesto de amenaza. Aterrado, huye hasta una ciudad lejana, esperando que allí no lo encuentre. Más tarde, su amo se cruza con la Muerte y le reclama por lo ocurrido, a lo que ella responde que no fue una amenaza, sino sorpresa: no esperaba verlo en Bagdad esa mañana porque tenía una cita con él esa misma noche, precisamente en la ciudad a la que el sirviente acababa de huir.

La novela, los estudios y la fábula apuntan a la misma paradoja: la muerte no es enemiga del sentido de la vida, sino su condición. Sin ese plazo, e incluso sin el miedo natural de encontrarse con la Muerte en el mercado, la felicidad no solo sería menos valiosa, sino imposible; no habría nada que pidiera ser elegido hoy.

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1 comentario

Cuando construyes tu propia desdicha - JM Naranjo · 2022 a las 14:35

[…] incertidumbre… Hace varios meses mencioné este antiguo relato mesopotámico en mi artículo La muerte como un destino inevitable y necesario, y acabo de descubrir que García Márquez incluyó este cuento en su libro Cómo se cuenta un […]

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