Como casi todos, paso parte de mis días en redes sociales. Intento ser consciente y ponerme límites, pero a veces caigo de todas formas en el bucle de revisar cada feed en busca de hits de dopamina que rara vez me satisfacen realmente. No persigo la desconexión total, porque disfruto y dependo de lo que muchas de estas plataformas hacen posible. Pero vale la pena saber que uno de los principales problemas de plataformas como Instagram y TikTok tiene un nombre técnico y décadas de investigación detrás: la comparación social ascendente.

Leon Festinger, un psicólogo social estadounidense, describió el mecanismo básico en su artículo de 1954 A Theory of Social Comparison Processes: nos evaluamos comparándonos con otros. Cuando esa comparación es ascendente (hacia alguien que percibimos como «mejor», más exitoso o más atractivo), el costo emocional es real. Un metaanálisis del 2023, por ejemplo, encontró que la exposición a contenido de comparación ascendente en redes sociales se asocia de forma consistente con un deterioro en imagen corporal, bienestar subjetivo, salud mental y autoestima. Las redes sociales nos empujan, en un intento por sentirnos suficientes, a confundir todo lo que vemos en línea con lo que indiscutiblemente deberíamos llegar a ser. Empezamos a anhelar vidas extraordinarias, momentos virales, ser especiales… por lo general sin una razón significativa de fondo. Probablemente todos somos conscientes de esto de una u otra manera, así como sabemos que aquella búsqueda no nos acerca a lo que en verdad queremos. Pero igual es difícil desafiar esta tendencia en un mundo tan interconectado, una tendencia capaz de distorsionar nuestra propia definición de éxito y valía.

En otras palabras, las redes sociales tienden a fomentar un tipo de comparación que hace más mal que bien. Pero esto no significa que debamos evitar compararnos con los demás a toda costa. El psicólogo Stuart Albert propuso el concepto de comparación temporal en 1977 como un proceso paralelo a la comparación social. Otros estudios, como el de Wilson y Ross (2000), sugieren que recurrimos a comparaciones con nuestro yo pasado tanto o incluso más que con los demás, y que este tipo de comparación suele favorecer nuestra autoimagen cuando notamos crecimiento con el paso del tiempo. Antes de que algún estudio lo demostrara, el emperador romano y filósofo estoico Marco Aurelio tuvo una intuición parecida en sus Meditaciones (Libro IV): cuántos problemas se ahorra una persona al negarse a mirar lo que su vecino dice o hace, atendiendo solamente a su propia conducta. El psicólogo Jordan Peterson popularizó una idea similar en su bestseller 12 reglas para la vida: «compárate con quien fuiste ayer, no con quien otro sea hoy». Las raíces filosóficas y empíricas son profundas, y la importancia de saber cómo y cuándo compararnos con otros quizás nunca ha sido más clara que en el mundo actual.

Entonces, la idea no es ensimismarse ni ignorar todo juicio externo. La comparación social es muy útil: nos ayuda a calibrarnos, aprender, adaptarnos y crecer. El punto es que no puede ser nuestra única referencia, y mucho menos un proceso arbitrario dictado por los algoritmos. La pregunta clave no es si compararnos o no, sino con quién, cuándo y cómo. Compararnos de lado, con vidas curadas que nunca veremos por completo, nos deja más vacíos cuanto más miramos. Compararnos hacia atrás, con quienes éramos hace un año o hace cinco, tiende a tener el efecto opuesto. Lo mismo ocurre al compararnos con personas que genuinamente nos inspiran. Todos sabemos cuál de las dos hacemos con más frecuencia. Además, como antídoto contra el tipo de comparación menos adecuado, cabe rescatar el poder de lo ordinario: lo cotidiano, lo lento, lo aburrido, lo que está al alcance de nuestros dedos, el «no hacer nada por un rato»… Es ahí donde sucede casi todo lo que de verdad importa.

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