Este artículo fue publicado originalmente en 2021. Última actualización: enero de 2026.

Hace unos años me encontré con una frase atribuida a Nietzsche (a través de Viktor Frankl): «Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo». Me hizo pensar en una novela de Murakami que estaba leyendo entonces, Los años de peregrinación del chico sin color, y en una pregunta a la que regreso con frecuencia: ¿por qué, o para qué, seguimos viviendo? No me lo pregunto desde lo catastrófico, sino porque, entre el paso del tiempo y las asperezas de la vida, hay cosas intangibles que parecen mantenernos en pie, de una u otra forma.

En la novela de Murakami, a Tsukuru, el protagonista, lo rechazan de golpe sus amigos más cercanos sin darle explicación alguna. La pérdida lo deja desconcertado y cambiaría su vida para siempre. Se vuelve un chico sin color, una metáfora que, más que describir su estado de ánimo, sugiere que su vida ha perdido algo esencial: una pieza de su historia y, con ella, su coherencia. Años después, alguien cercano lo empuja a encarar esa parte de su pasado como un intento de recuperar ‘el color’. «Aunque logres ocultar los recuerdos, o enterrarlos muy hondo», le dice Sara a Tsukuru, «no puedes borrar la Historia. Más vale que se te quede grabado, la Historia no puede borrarse ni alterarse. Porque significaría matarte a ti mismo.»

Esta idea de que nuestra historia nos constituye, de que no podemos simplemente arrancar páginas de nuestra vida sin perder algo fundamental, me devuelve a Nietzsche. Cuando habla del porqué que nos permite soportar cualquier cómo, sugiere que el sentido de la vida no está dado de antemano; cada quien debe crearlo. Es la voluntad de poder aplicada a nuestra propia existencia: la capacidad de afirmar nuestra vida, incluso lo doloroso y absurdo, y darle forma, dirección, significado. El porqué puede ser pequeño o grande, noble o mundano, pero debe ser nuestro. En el caso de Tsukuru, su porqué no era un objetivo claro, sino una pregunta dolorosa de la que no podía desprenderse: una necesidad insistente de entender qué fue lo que se rompió en su historia y le arrebató el color de repente, y tal vez de volver a unir el hilo entre pasado y presente con la esperanza de un futuro un poco mejor. Entonces, a veces el porqué de Nietzsche no es una misión heroica, sino cualquier impulso que nos mantenga lo suficientemente vivos para perseguirlo.

Pero esta visión filosófica encuentra su prueba tangible en la experiencia de Viktor Frankl, el neurólogo y psiquiatra austríaco que no escribió sobre la búsqueda de sentido desde la comodidad de su escritorio, sino tras sobrevivir a los campos de concentración nazis. En El hombre en busca de sentido, Frankl observó que quienes lograban resistir las condiciones más inhumanas no eran necesariamente los más fuertes físicamente, sino quienes conservaban un porqué. Una persona esperándolos fuera, un trabajo por terminar, una responsabilidad por cumplir, incluso la decisión de ser testigo de lo venidero. Lo que Frankl descubrió en las condiciones más atroces confirma lo que Nietzsche intuía: que nuestra vida tenga sentido no depende de nuestras circunstancias externas, sino de nuestra capacidad para encontrar o crear sentido (donde y como sea).

Es evidente que el sufrimiento nunca es agradable, pero parece volverse más llevadero cuando ocurre dentro de algo que nos importa de verdad. Y aquí está el patrón que encuentro en este hilo de ideas (un filósofo alemán, un personaje de la literatura japonesa, un sobreviviente del Holocausto): seguimos viviendo cuando podemos situar nuestra existencia en una narrativa que tenga sentido, aunque sea por ratos. Y cuando esa historia se fragmenta o se vuelve incomprensible, como le sucedió a Tsukuru, la búsqueda misma de recomponerla puede convertirse en propósito.

Quizás la pregunta no es tanto «¿cuál es el sentido de la vida?» sino «¿qué historia me estoy contando sobre mi vida, y cómo me mantiene vivo?» Vivimos en las narrativas que construimos sobre nosotros mismos y, cuando se quiebran, cuando nos convertimos en personas sin color, tenemos una elección: dejarnos consumir por el vacío o emprender el peregrinaje de volver a encontrar (o crear) nuestro porqué.

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