En psicología cognitiva, las heurísticas son atajos mentales que nuestro cerebro usa para decidir o resolver problemas rápidamente sin tener que analizar cada detalle. Pero también existe un concepto llamado «efecto Einstellung», que describe nuestra tendencia a dejar de buscar soluciones mejores una vez que encontramos una que nos funciona. A nuestro cerebro no le gusta desperdiciar recursos, entonces deja de buscar alternativas cuando ya conoce un camino que ha funcionado antes. Estudiando esto, en los años cuarenta, los psicólogos Abraham y Edith Luchins encontraron que los participantes de su estudio encontraban un método que resolvía los primeros problemas presentados y lo seguían aplicando a los siguientes, incluso cuando eran evidentes otras soluciones más simples y efectivas. El camino conocido bloqueaba lo obvio y más eficiente.

Los psicólogos sociales Margaret Clark y Judson Mills, por su parte, dedicaron décadas a estudiar dos tipos de relaciones: de intercambio y comunales. Las relaciones de intercambio funcionan con reciprocidad: damos algo y esperamos algo a cambio, de forma equitativa y oportuna. Así operan por lo general los negocios. Las relaciones comunales, en cambio, responden a la necesidad del otro: damos porque alguien lo necesita, sin llevar la cuenta. Las relaciones humanas cercanas, como las amistades y la familia, suelen encajar aquí.

El problema es que estos dos sistemas tienen reglas muy diferentes, y la mayoría de nosotros ni notamos cuándo hemos cambiado de contexto. Así, una persona que ha sido fuertemente reforzada por su pensamiento estratégico en el trabajo, por ejemplo, no decide conscientemente tratar una conversación con su pareja como una negociación. Simplemente lo hace, y espera resultados similares de la misma heurística que le ha facilitado ascensos y respeto toda su vida en la oficina. Y entonces fracasa, no tiene idea por qué, e incluso el trabajo suele convertirse en un refugio donde sigue teniendo éxito y reforzando su heurística rígida.

Esta aplicación errónea de ciertas «fórmulas mentales» empeora cuando el éxito y el estatus entran en juego. Investigaciones sobre el poder y la cognición social, incluyendo el trabajo de los psicólogos sociales Adam Galinsky y Deborah Gruenfeld, sugieren que las personas expuestas al poder se vuelven menos precisas al leer las emociones de los demás, menos propensas a considerar lo que el otro no sabe y menos inclinadas a adoptar espontáneamente perspectivas externas. El psicólogo Dacher Keltner lo denomina «la paradoja del poder», señalando que las habilidades sociales que ayudan a las personas a ascender en una jerarquía (empatía, generosidad, atención al otro) tienden a corroerse cuando el poder se consolida. Y esto va más allá de lo conductual. La investigación en neurociencia ha encontrado que la sensación de poder reduce la respuesta de las neuronas espejo del cerebro, un proceso estrechamente vinculado a la empatía.

En este contexto, no se trata de que las personas exitosas carezcan de inteligencia emocional, sino que su conjunto de herramientas más reforzado se puede convertir de forma insospechada en el predeterminado para otras áreas de su vida. El cirujano que toma decisiones críticas bajo presión lleva esa misma energía a un domingo familiar. El empresario experto en identificar ineficiencias empieza a optimizar la rutina y personalidad de su pareja e hijos. El filósofo Abraham Kaplan describió la «ley del instrumento» en 1964: denle un martillo a un niño y descubrirá que todo lo que encuentra necesita ser golpeado. Aunque hablaba de investigadores que sobreaplican sus métodos de preferencia, la analogía encaja bien en este contexto.

Este fenómeno de las heurísticas mal aplicadas no se limita a los altos ejecutivos y las personalidades altamente perfeccionistas; todos lo hacemos. El terapeuta con la necesidad de psicoanalizar a sus amigos. El académico que intelectualiza cada emoción porque así le recompensan en su ecosistema laboral. La mujer que creció en un hogar impredecible y sobrecontrolador, que desarrolló un sistema de detección de amenazas esencial para sobrevivir a los siete años, pero que se convierte en un trastorno de ansiedad incapacitante a los 18.

Las heurísticas no son el problema. Son útiles y necesarias. Lo importante es tratar de tomar conciencia de ellas para no aplicarlas con demasiada rigidez ni generalizarlas. Lo difícil es notarlo, porque el propósito de una heurística es, por definición, operar por debajo de la consciencia. Pero cuando algo que normalmente nos funciona sigue fallando en otras áreas de nuestra vida, tal vez el problema no sea que lo estamos haciendo mal ni que la gente no nos entienda. Quizás solo estamos tratando de cortar limones con un martillo.

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