“Di toda la verdad, pero dila sesgada”, escribió Emily Dickinson alrededor de 1868. Mario Vargas Llosa, en su colección de ensayos La verdad de las mentiras (1990), explora la naturaleza de la literatura y su relación con la verdad, y sostiene que aunque las novelas sean “mentiras” en un sentido literal, casi siempre revelan verdades profundas de la experiencia humana. Como sugiere el poema de Dickinson, hay momentos en los que la verdad debe revelarse de manera indirecta o gradual, para que pueda ser comprendida, aceptada y digerida.
El papel más importante de la ficción va más allá del entretenimiento: decir verdades, especialmente las más difíciles. A través de personajes, se disfrazan a veces de humor, ligereza o maldad. Mientras los libros de historia hacen lo posible por informarnos, la ficción nos invita a sentir. Protegidos por la cuarta pared y con la omnisciencia de un dios, nos adentramos en todo tipo de historias inventadas. Y aun así nos preocupamos, reímos, lloramos, reflexionamos. ¿Por qué haríamos todo eso si nada fuera, en algún plano de la realidad, verdadero?
No es una idea revolucionaria, sino un elogio a las historias. La ficción es la mentira a través de la cual decimos la verdad. Picasso dijo lo mismo del arte. George Bernard Shaw creía que todas las grandes verdades comienzan como blasfemias. Hitchcock describió la narración como darle al público el extraño placer de despertar de una pesadilla. Incluso en psicología y en terapias de trauma, el lenguaje indirecto (metáforas, símbolos, narraciones) se utiliza con frecuencia para ayudar a las personas a acceder a verdades dolorosas que no podrían enfrentar de forma explícita.
Cambiando un poco de tema, hace unos días le preguntaron a Sam Altman, creador de ChatGPT, si le preocupa que el contenido generado por IA distorsione cada vez más el límite entre lo real y lo falso. Respondió, con demasiada calma, que la situación no difiere demasiado de lo que ya consumimos desde hace años en medios digitales, desde noticias hasta ficción. Aquí nacen algunas preocupaciones tipo Black Mirror, pero estrictamente en el contexto de este artículo, tal vez tenga razón. La línea entre lo completamente real y lo construido siempre ha sido tenue y, en cierto sentido, irrelevante.
Tal vez la única verdad en la que podemos confiar es la que experimentamos y extraemos de las historias que nos rodean. Siempre hemos estado (y lo estaremos cada vez más) bajo cierta obligación de usar la información responsablemente, una obligación que adopta distintas formas y significados según la época. La verdad es que, para bien o para mal, las historias —ya sea en novelas, películas, tweets irrelevantes o alucinaciones robóticas— siempre agitan el terreno de la verdad.
0 comentarios