Día tras día, fragmentos de mi capacidad de atención sucumben ante las tentaciones de la tecnología moderna. ¿Para qué leer un clásico si puedo hojear un resumen o ver Netflix durante horas sin esfuerzo? ¿Por qué nutrirme de una conversación real si puedo abrir X y conseguir comida rápida para la mente?

Apenas despertamos, buscar una distracción instantánea y anestesiante parece más intuitivo que respirar o hacer journaling por unos minutos. Y tiene sentido: ¿por qué hacer algo que implique lentitud y autorreflexión si todo lo que necesitamos parece estar disponible de inmediato, con solo extender el brazo? Ya no tiene sentido esperar.

No puedo quejarme de la vida moderna ni de la tecnología, porque les debo mucho y dependo de ellas. Mi trabajo, mi tiempo de ocio y mi seguridad existen sobre la base de un estilo de vida perpetuamente interconectado. Pero me resulta cada vez más evidente (e inquietante) que tolero cada vez menos el retraso de la gratificación, e incluso pequeños momentos de espera para conseguir lo que quiero. En un mundo donde el aburrimiento es inaceptable, nos estamos volviendo adictos a la inmediatez y a la impaciencia. Cuando se trata de información y percepción, cada día elegimos cantidad sobre calidad.

Aunque los detox suelen ser pseudociencia, a veces pienso en smoothies verdes para la mente. Tal vez necesitamos pequeñas y deliberadas dosis de lentitud para complementar rutinas frenéticas. Veinte minutos junto a un libro; una conversación breve y consciente después de almorzar, lejos del teléfono; momentos en los que elegimos reemplazar el impulso del doom-scroll por la simple conciencia del espacio que nos rodea, del hecho de que podemos sentir nuestras extremidades y percibir nuestros sentidos.

Sea cual sea la forma, lo que funcione para cada uno. Pero ¿cuándo fue la última vez que nos dimos, de forma deliberada, una pequeña dosis consciente de lentitud?

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