En 2007, Tal Ben-Shahar, un psicólogo formado en Harvard, propuso el término arrival fallacy (la falacia de llegar). De adolescente jugaba squash de forma competitiva y durante años había creído que ganar un torneo importante le daría paz y felicidad de una vez por todas. A los dieciséis ganó el campeonato nacional israelí y esa misma noche, tras un momento de alivio y alegría, volvieron el estrés, la presión y la sensación interna de vacío. Con el tiempo, Ben-Shahar identificó que esta es una trampa muy común, sobre todo entre quienes depositan todas sus expectativas emocionales en un lugar del futuro.

Cuando creemos haber resuelto algo que nos preocupaba o cada vez que tachamos una tarea que llevábamos postergando, suele haber un momento fugaz de alivio, seguido por el recordatorio mental de todas las otras cosas que seguimos sin resolver. Lo que pasa es que nuestra atención rara vez queda satisfecha cuando un problema se resuelve, y naturalmente busca objetivos nuevos apenas se cumple otro. Entonces, ¿qué sentido tiene pensar que nuestra vida va a cambiar radicalmente «algún día», «cuando hagamos X» o «por fin logremos Y»? Y lo más importante, ¿existe una forma más sana de relacionarnos con nuestras metas y ambiciones?

El psicólogo Daniel Kahneman identificó la ilusión de enfoque (focusing illusion): un sesgo cognitivo que nos hace sobreestimar el grado en que un solo factor (el dinero, el clima, un acontecimiento importante) afecta nuestra felicidad general. Básicamente, todo lo que situamos en el centro de nuestra atención parece más importante de lo que realmente es. Al comparar la satisfacción vital entre el Medio Oeste y el sur de California, Kahneman encontró que la satisfacción reportada era casi idéntica, pero aun así todos esperaban que los californianos fueran más felices por el clima, que allá es mucho mejor. El punto es que caemos en esta trampa porque imaginar nuestra vida futura equivale a mirarla desde afuera, donde solo un objeto es visible: el ascenso, el proyecto terminado, la lista de pendientes al día, la meta cumplida. Pero al llegar, lo que estaba en el centro pasa a ser fondo, y el sesgo se traslada al siguiente objeto que ocupe ese lugar. Así, el problema o el anhelo que teníamos nunca desaparece del todo, solo cambia de forma.

Entonces, la creencia a cuestionar es que la calma vive dentro de lo que anhelamos. El punto es dejar de tratar las metas como un medio para producir un estado de calma futuro que hoy no podemos comprobar. Las metas pueden motivarnos, dar sentido a nuestra vida y cambiar nuestras circunstancias con el tiempo, pero solo nuestra relación con el presente puede cambiar cómo nos sentimos hoy y en el proceso, que es gran parte de nuestro tiempo vital. Esta puede ser la diferencia entre una vida vivida a medias, siempre a la espera de futuros logros y una calma hipotética, y una vida que en realidad vivimos, por imperfecta e insuficiente que se sienta.

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