En psicología, hay un enfoque terapéutico llamado activación conductual, uno de los más comunes y avalados por la ciencia para tratar la depresión. Ayuda a las personas a romper el ciclo de evitación al programar y realizar, poco a poco, actividades significativas y gratificantes. Como resultado, el estado de ánimo tiende a mejorar a través de experiencias positivas. Este enfoque sencillo y práctico nos enseña que, aunque tenemos un control limitado sobre cómo nos sentimos o cuánta motivación tenemos, aún somos capaces de elegir acciones que ayuden a regular nuestras emociones y, a su vez, despertar la motivación.
Como señala la neurocientífica Anne-Laure Le Cunff: “tenemos muy poco control sobre cómo nos sentimos, por eso es difícil obligarnos a sentir motivación. Hacer pactos con nosotros mismos resuelve este desafío al poner el énfasis en hacer en lugar de planificar”. De forma similar, el pionero de la psicología William James escribió en 1890: “La acción parece seguir al sentimiento, pero en realidad la acción y el sentimiento van juntos; y al regular la acción, que está bajo un control más directo de la voluntad, podemos regular indirectamente el sentimiento, que no lo está”.
La motivación suele definirse como el conjunto de procesos internos y externos que inician, guían y mantienen la conducta orientada hacia objetivos. Sin embargo, podemos (y debemos) crear las condiciones para que surja, en lugar de esperar pasivamente a que aparezca como si se tratara de un golpe de suerte o de una fuerza del todo ajena a nuestro control.
Picasso dijo que “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”, una intuición creativa que refuerza lo que la neurociencia ha entendido desde hace mucho tiempo: la motivación no es un evento pasivo, sino la consecuencia de involucrarse activamente en el propio oficio, especialmente cuando no tenemos ganas de hacerlo.
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