Me dispuse a leer El cuerpo lleva la cuenta de una vez por todas, uno de los libros esenciales para cualquier persona interesada en la psicología. Una de sus ideas centrales es que el trauma es mucho más complejo y común de lo que pensamos. El autor, el Dr. Bessel van der Kolk, lo resume bastante bien en el siguiente pasaje:
Cuando algo recuerda a las personas traumatizadas su pasado, su hemisferio derecho reacciona como si el evento traumático estuviera ocurriendo en el presente. Pero como su hemisferio izquierdo no está funcionando adecuadamente, es posible que no sean conscientes de que están reviviendo y repitiendo el pasado; simplemente están furiosas, aterradas, indignadas, avergonzadas o paralizadas. Cuando pasa la tormenta emocional, buscan algo o alguien a quien culpar. Se comportaron así porque llegaste diez minutos tarde, o porque quemaste las papas, o porque «nunca me escuchas». Por supuesto, la mayoría de nosotros hemos hecho esto de vez en cuando, pero cuando nos calmamos, esperamos poder reconocer nuestro error. El trauma interfiere con este tipo de conciencia, y con el tiempo nuestra investigación demostró por qué.
— Bessel A. van der Kolk, El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma (traducción propia del libro en inglés)
El malentendido de lo catastrófico
La mayoría de las personas asocian el trauma con situaciones catastróficas. Veteranos de guerra, víctimas de abuso, accidentes graves y otras experiencias indecibles. Sin embargo, como argumenta van der Kolk, el trauma no se define clínicamente por la magnitud del evento sino por cómo lo codifica el sistema nervioso. A finales de los años 90, el Estudio de Experiencias Adversas en la Infancia (ACE, por sus siglas en inglés) (Felitti et al., 1998, American Journal of Preventive Medicine) encuestó a más de 17.000 adultos y encontró que las experiencias adversas en la infancia (como la negligencia emocional, la disfunción familiar y la exposición a la violencia) eran mucho más frecuentes de lo esperado, y que sus efectos en la salud eran acumulativos y dependientes de la dosis. Van der Kolk se apoya mucho en este estudio en su libro, y los números son muy llamativos:
- Solo 1/3 de los encuestados reportó cero experiencias adversas en la infancia.
- 2/3 tenían al menos una, y de quienes reportaron una, el 87% reportó al menos otra.
- Las personas que reportaron cuatro o más experiencias adversas en la infancia tenían entre 4 y 12 veces más probabilidades de desarrollar depresión, abusar de sustancias o intentar suicidarse que quienes no reportaron ninguna.
También resulta interesante notar que los participantes eran en su mayoría adultos de clase media, con buena educación y buen seguro de salud; probablemente no la primera población que la mayoría de nosotros imaginamos cuando hablamos de traumas.
Antes de continuar, vale la pena mencionar que el libro fue publicado en 2014, así que tiene más de una década. Aunque su relación con los datos científicos es un poco complicada, los datos epidemiológicos que presenta, particularmente los del Estudio ACE, han sido ampliamente replicados y reforzados. Pero algunas de las afirmaciones del libro parecen haber recibido críticas serias: la dicotomía del hemisferio izquierdo/derecho que van der Kolk utiliza (incluso en el pasaje anterior) es considerada una simplificación un poco excesiva por algunos neurocientíficos, por ejemplo. Aun así, van der Kolk es una de las voces más influyentes del mundo en la literatura sobre trauma, y el libro sigue siendo una lectura esencial, ofreciendo un reencuadre sumamente valioso para el lector promedio.
Sobre los ‘pequeños’ traumas
Gran parte de los traumas son pequeños y viven en lo más profundo de nuestra mente y cuerpo. Judith Herman (Trauma y recuperación, 1992) introdujo el concepto de trauma complejo: no un único evento abrumador, sino un daño relacional repetido, como invalidación crónica, negligencia emocional, cuidado impredecible, parentificación (los niños asumen roles y responsabilidades de adultos), mediar en conflictos parentales, comparación constante con hermanos, etc. Van der Kolk profundiza en este tema, argumentando que el trauma relacional y del desarrollo suele ser más dañino a largo plazo que los incidentes agudos, precisamente porque es invisible; no hay un evento único al cual señalar, así que la persona nunca define su experiencia como trauma. Nadie nos enseña esto en el colegio, la mayoría de padres tampoco lo saben, y sin embargo, lo llevamos dentro más de lo que pensamos.
Hay un concepto relacionado que lleva esto aun más lejos: el microtrauma. Margaret Crastnopol, psicoanalista y psicóloga, acuñó el término para describir el daño psíquico acumulativo que se construye a partir de heridas emocionales repetidas y aparentemente insignificantes; la clase de heridas que no califican como abuso bajo ningún estándar formal pero que erosionan la autoestima de forma imperceptible, poco a poco. Ser constantemente ignorado en una conversación, un padre que conecta con calidez solo para desvalorizar al otro padre, una pareja cuyos alejamientos sutiles nunca cruzan una línea clara pero te dejan crónicamente inseguro… Individualmente, cada incidente es fácil de racionalizar u olvidar, pero cuando se acumulan a lo largo de meses y años, se convierten en un patrón con el potencial de remodelar profundamente la forma en que una persona se relaciona con otros y consigo misma. Recordemos que los datos del Estudio ACE respaldan esta arquitectura del daño: si experimentaste una forma de adversidad, había un 87% de probabilidad de que experimentaras al menos una más. El trauma se agrupa, y cuanto más pequeños son los incidentes individuales, menos probable es que alguien (incluyendo a la persona que los vive) los llame por lo que son y reciba el tratamiento adecuado.
Tal como en el ejemplo de las papas quemadas de van der Kolk, cuando alguien explota por una frustración menor, la reacción quizás no tiene nada que ver con el momento presente. Esto no apunta automáticamente a un trauma mayor, pero puede ser el sistema nervioso respondiendo desde un patrón moldeado por cientos de pequeñas heridas que nunca fueron nombradas como daño. El problema es que, precisamente porque estas heridas casi nunca se nombran, pueden absorberse silenciosamente en nuestra identidad. Eso es lo más insidioso del trauma no reconocido: se disfraza de personalidad, y pensamos que simplemente así somos y así seremos siempre.
Cómo el trauma se camufla
Entonces, el trauma y sus síntomas pueden vivir de forma invisible. Pero, ¿cómo se ve realmente el trauma no reconocido en la vida cotidiana? Pete Walker (Complex PTSD: From Surviving to Thriving) describe cuatro respuestas de supervivencia: lucha, huida, parálisis y complacencia. Estas se mapean en patrones cotidianos que rara vez cuestionamos. La lucha se manifiesta como irritabilidad, confrontación o la necesidad de controlar. La huida aparece como exceso de trabajo, inquietud o actividad compulsiva. La parálisis se ve como apagón emocional, disociación o indecisión crónica. La complacencia consiste en complacer crónicamente a los demás, dificultad para decir «no» y descuidar las propias necesidades para mantener cómodos a otros. La mayoría de nosotros reconoce al menos una de estas como predominante, y probablemente nunca ha considerado que podría ser una estrategia de supervivencia aprendida en lugar de «simplemente cómo soy». Bajo las cuatro subyace algo en común: un sistema nervioso que está interpretando seguridad o amenaza subconscientemente, generando reacciones automáticas.
Y lo más importante: estos patrones no solo se manifiestan en el comportamiento. Nuestro sistema nervioso también habla a través del cuerpo. De hecho, el argumento central de El cuerpo lleva la cuenta es que el trauma vive en el cuerpo, no solo en la memoria, y que los síntomas somáticos suelen aparecer sin explicación médica (tensión crónica, problemas digestivos, dolores inexplicables). Todo esto está bien documentado en la literatura científica sobre somatización y trauma, y nos regresa al pasaje inicial: si el cerebro no está registrando conscientemente lo que ocurre, el cuerpo se convierte en el principal registro. Quizás no sabemos por qué nos duele el cuello en ciertas situaciones, pero igual sentimos esa tensión, ese dolor, y probablemente sobrevivimos a punta de fuerza de voluntad.
¿Y ahora qué?
Como hemos visto, a diferencia de lo que la mayoría suele pensar, el trauma no necesariamente equivale a una experiencia catastrófica que nos marcó de por vida, dejando un claro punto de inflexión. Puede acumularse silenciosamente a través de pequeñas heridas repetidas que nadie, incluida la persona que las vive, identifica como daño. Una vez integrado, moldea cómo reaccionamos, nos relacionamos y nos sentimos en nuestro propio cuerpo. Y como opera por debajo de la conciencia, muchas veces se confunde con personalidad. La persona que nunca logra relajarse, la que se disculpa por todo, la que se bloquea en un conflicto… estos podrían no ser solo rasgos de carácter. Tal vez son ecos de un pasado no conceptualizado, heridas no tratadas, cicatrices invisibles.
En un sentido práctico, y como en cada artículo de psicología que escribo, la investigación sugiere que tomar conciencia física es el primer paso para romper ciclos dañinos. En psicología, la capacidad de percibir estados internos del cuerpo como los latidos del corazón, la tensión y la respiración se conoce como conciencia interoceptiva, y ha sido vinculada con un mejor procesamiento y regulación emocional (Critchley & Garfinkel, 2017, Current Opinion in Psychology). Prácticas como el mindfulness, el yoga y las terapias corporales no son solo una tendencia, sino intervenciones con evidencia científica creciente para la recuperación del trauma. Pero incluso antes de todo eso, tan solo considerar que una reacción puede tener que ver con un pasado no resuelto ya es un paso inmensamente importante. Pausar antes de interpretar nuestro propio comportamiento como algo fijo y preguntarse, con verdadera curiosidad, si algo más podría estar detrás de la respuesta.
Vale la pena darle vueltas al título del influyente libro de van der Kolk. Nuestro cuerpo se acuerda, aunque la mente no esté prestando atención.
0 comentarios