Tengo miedo de olvidarme de cosas importantes. Dejando de lado los fantasmas del TOC, esta es una característica común de la vida moderna: el miedo constante a que, si no capturamos y recordamos cada detalle, perderemos algo esencial.
Por ejemplo, a veces leo mucho menos de lo que quisiera, en parte por pensamientos como:
- “Si leo este libro, dejo de leer aquel otro.”
- “Mi teléfono acaba de vibrar, seguro está pasando algo imperdible.”
- “El libro está buenísimo: tengo que subrayar esta parte, reescribirla, anotarla para volver más tarde… Esto es muy importante, no puedo olvidarlo.”
Este miedo a olvidar —o tal vez esta tendencia a sobredimensionar la importancia de cada estímulo— es una buena metáfora de la vida moderna. Está claro que es mejor leer y disfrutar que evitar un libro por miedo a perder alguna utilidad práctica. La vida es más fácil cuando dejamos de obsesionarnos con el control, el sentido y los hacks de microproductividad. Tener un propósito es crucial, pero, paradójicamente, a veces la vida se vacía cuando intentamos exprimir significado y utilidad de cada detalle.
Por eso trato de pensar en el olvido como un filtro. Es un filtro imperfecto, porque la mente no siempre es confiable, pero representa una idea refrescante y útil en un mundo que compite cada vez más por nuestra atención a nivel microscópico. No recuerdo dónde escuché esto por primera vez, pero ChatGPT me cuenta que proviene del psicólogo Oliver Hardt, quien estudia la memoria y el olvido en la Universidad McGill: “Olvidar sirve como filtro. Filtra las cosas que el cerebro considera poco importantes.” La neurociencia sugiere que olvidar no es un defecto, sino una función esencial, especialmente en este mundo hiperconectado y sobreestimulado.
Aunque se sienta contradictorio y nos dé miedo soltar ciertas riendas, trato de convencerme de que olvidar no es un error aleatorio (y que tal vez deberíamos animarnos a cometer más de estos errores naturales y humanos en lugar de perseguir la perfección). Olvidar es un filtro dinámico que protege nuestra mente de la sobrecarga. Con frecuencia prioriza la información relevante, nos ayuda a concentrarnos en medio del ruido y previene la parálisis cognitiva. También evita la saturación mental y nos permite pensar con más hondura y recordar mejor al despejar distracciones.
Hay demasiado ruido, y no todo merece nuestros limitados recursos cognitivos.
En su cuento Funes el memorioso, Jorge Luis Borges describe a un hombre incapaz de olvidar nada, condenado a una memoria infinita que lo paraliza: «Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos».
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