El inicio de un nuevo año casi siempre nos hace sentir que tenemos una oportunidad única de volver a empezar. Un lienzo en blanco. En parte, sí se trata de una oportunidad real de cambio: la investigación sobre estos momentos de “hacer borrón y cuenta nueva” sugiere, en términos generales, que los hitos temporales pueden aumentar la motivación hacia conductas aspiracionales. El problema es la forma en la que solemos tratar esas ganas de mejorar: convertirlas en un contrato rígido y, después, casi siempre antes de febrero, tratar los tropiezos normales e inevitables como pruebas de que ya fracasamos. Y entonces, ¿esperamos un año más para reiterar? ¿Y si, en cambio, tratamos los errores, que siempre irán y vendrán, como retroalimentación constante? Ajustamos, tomamos notas y seguimos, sin importar la época del año.
Esto no significa que no debamos fijarnos metas anuales. Un nuevo año tiene el potencial de ser una excelente oportunidad para pausar, evaluar y decidir quedarnos con lo que funciona mientras redirigimos lo que no. Como propone la neurocientífica Anne-Laure Le Cunff con su método Plus Minus Next (Más, Menos, Siguiente), una forma muy simple de hacerlo es anotar en una tabla de tres columnas qué funcionó (más), qué no funcionó (menos) y qué vamos a intentar de aquí en adelante (siguiente). Podemos hacer esto al final de un año, pero también al final de una semana, un mes, un día o al culminar cualquier proyecto o experimento. En cualquier caso, el progreso casi nunca es lineal, y forzarlo a ser una línea recta suele producir más insatisfacción que motivación sostenible.
También importa cómo enmarcamos nuestros propósitos o metas en general. La evidencia indica que nos suele ir mejor con metas de aproximación (orientadas a acercarnos a algo) que con aquellas orientadas a la evitación. No es lo mismo, por ejemplo, anotar que queremos “dejar de ser X” este año que escribir “practicaré Y por Z cantidad de tiempo y observaré cuidadosamente qué pasa”. Del mismo modo, tratar nuestras metas o planes como experimentos en constante evolución (donde tomamos nota, ajustamos variables y seguimos intentando de forma más informada) puede ser más útil que trazar metas estrictas con el único objetivo de producir exactamente el resultado que esperamos.
Los buenos propósitos de Año Nuevo no se basan en pensamiento positivo, sino en elegir una dirección que podamos repetir sin convertir el proceso en un juicio. Para este año recién empezado, consideremos reemplazar metas grandes y abstractas por experimentos manejables: cortos, ajustables, reversibles y medibles de formas efectivas y no abrumadoras. La vida igual va a hacer lo que ha hecho y hará siempre: ser impredecible. Pero la idea es fallar pequeño, no en grande: errores que enseñan, no errores que rompen nuestra confianza en nosotros mismos apenas nos salimos un poquito del guion.
Con el tiempo, esta mentalidad también puede fomentar comparaciones más útiles y honestas: mi yo actual vs. el del año pasado, el mes pasado o ayer, en lugar de compararme con una versión idealizada de mí mismo o de los demás. En cualquier caso, es un hecho que la rigidez tiende a correlacionarse con menor bienestar, y cuando el crítico interno se intensifica, los planes aún más duros no suelen ayudar. En cambio, las intervenciones centradas en la autocompasión, en promedio, reducen ansiedad, estrés y síntomas depresivos.
Entonces, si ya estamos planeando nuestro “súper año”, tal vez valga la pena considerar algunas de estas ideas. Sobre todo, qué nos ha funcionado en otros eneros (y qué definitivamente no), pues a menudo repetimos patrones por pura esperanza, no por evidencia. Diseñemos mapas que podamos seguir retocando y dejemos que la constancia le gane a la perfección. Mapas que nos permitan movernos con libertad, enfoque y consistencia.
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