Ateos o católicos, budistas o judíos, melómanos o eruditos: nadie se salva del acto religioso.

En esto pienso cada mañana, desde hace años que practico mindfulness. Como todo hábito, al principio cuesta ser constante y mantener cierto ritmo (aunque sean diez minutos cada tres días, y a medias). Pero con el tiempo, no solo se convierte en una costumbre más, sino en un pequeño rito diario que, por sí solo o junto a otros tantos, aporta sentido, propósito y dirección a la vida (sea cual sea, bien o mal).

Lejos de practicar la meditación con el fin de alabar a Dios, meditar se ha convertido, sin querer, en una especie de ritual que me obliga a bajar la cabeza ante “algo superior a mí que no entiendo del todo” y rendirme, de cierta forma, para liberarme y sentirme mejor. En el caso de la práctica diaria del mindfulness, los beneficios cognitivo-conductuales están ampliamente respaldados por la ciencia, y también hay evidencia emergente sobre posibles efectos inmunológicos. Pero no me refiero a eso, sino al componente religioso o espiritual de toda práctica que nos mueve a diario. En este ejemplo es meditar, pero puede ser—o llegar a ser—casi cualquier cosa.

En este contexto, palabras como sentido, propósito, e incluso fe, de alguna manera pueden ser interpretadas y vividas como formas de rendirse a algo mayor que uno, casi siempre imposible de nombrar o comprender en su totalidad, en busca de propósito, calma, dirección, pertenencia, salvación de algún tipo… Por supuesto, hablo solo de la superficie del concepto de lo religioso, olvidándome por un momento de instituciones, valores morales, política y dogmas. Me refiero a lo más básico: la necesidad humana de creer en algo más grande, de darle forma y visión a nuestra existencia.

Todos creemos en algo, consciente o inconscientemente. Algo que nos propulsa. Si no, no nos levantaríamos de la cama. Sería un milagro querer vivir si no tuviéramos algo ante lo cual rendirnos o que alabar, de una u otra forma, más o menos consciente, más o menos divino. Y de una u otra forma—pero de preferencia sin molestar a nadie—se trata de entregarse con fidelidad a todo aquello que hace que vivir valga un poco más la pena. Música, gente, arte, ciencia, naturaleza, cuerpo, Dios… da un poco igual en la superficie.

En su famoso libro El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl, víctima de los campos de concentración nazis, argumenta que el sufrimiento solo puede ser soportado si se encuentra un significado en él. Frankl dice, citando a Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.

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